Doce trucos de fotografía infantil que funcionan de verdad (aunque solo tengas el móvil)

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Hay una frase que ha arruinado más fotos de niños que cualquier cámara mala: «mira aquí y sonríe».

En el momento en que un niño la oye deja de ser un niño y se convierte en alguien que está posando para un adulto. Los ojos se quedan fijos, la boca se estira de una manera que no hace en ningún otro momento del día, y el resultado es una foto correcta que no se parece a él.

Lo que viene a continuación es lo que hago yo en las sesiones para evitar exactamente eso. No hay nada aquí que dependa de tener una cámara cara ni objetivos luminosos: once de los doce trucos funcionan igual de bien con el móvil que llevas en el bolsillo. El duodécimo tampoco necesita cámara, pero sí una impresora.

1. Ponte a su altura. Literalmente

Es el cambio que más mejora una foto infantil y el que menos cuesta. Fotografiar a un niño desde nuestro metro setenta lo convierte en un ser pequeño visto desde arriba: se le ve la coronilla, el suelo ocupa todo el fondo y su mundo desaparece.

Agáchate hasta que el objetivo quede a la altura de sus ojos. Si está sentado en el suelo, siéntate. Si está tumbado, túmbate. Notarás dos cosas enseguida: el fondo pasa a ser la habitación o el paisaje —no las baldosas— y la mirada deja de ser condescendiente. La foto empieza a contar las cosas como él las ve.

2. No pidas sonrisas. Pide cosas

«Sonríe» produce una mueca. En cambio, una instrucción con contenido produce una reacción, y las reacciones sí se fotografían: «¿a que no eres capaz de saltar más alto que yo?»«dile un secreto al oído a tu hermana»«cuenta hasta tres y tírame la pelota a la cabeza».

Con niños muy pequeños funciona lo absurdo: una palabra inventada, un ruido de animal, un estornudo fingido. La sonrisa que viene después de la sorpresa dura menos de un segundo y no se parece en nada a la de encargo. Ahí es donde hay que estar preparado.

3. La mejor hora es la última del día

La luz del mediodía cae desde arriba, hunde los ojos en dos sombras y quema la frente. La de la última hora antes del atardecer llega de lado, es cálida y perdona casi todo.

Si sales a la calle, busca esa franja: la hora anterior a la puesta de sol. Si te quedas en casa, la buena es la mañana en una habitación con ventana grande. Y hay un tercer momento excelente que casi nadie aprovecha: justo después del baño, con el pelo mojado, el pijama puesto y la casa en calma. Esas fotos envejecen muy bien.

4. Busca la ventana y ponla de lado

En interior, la regla es sencilla: que la luz entre por un lado, no por detrás ni de frente. Coloca al niño a un metro de una ventana, de perfil o en tres cuartos respecto a ella, y ponte tú entre la ventana y él. Aparecerá un modelado suave en la cara, con un lado más luminoso que el otro: eso es lo que hace que un rostro parezca tener volumen en lugar de ser una mancha plana.

Si la luz entra demasiado dura, corre un visillo o una cortina blanca. Es el difusor más barato que existe.

5. Apaga el flash. Siempre

El flash frontal del móvil aplana la cara, produce ojos rojos, asusta a los bebés y delata la hora exacta en la que te rendiste. Si hay poca luz, hay tres salidas mejores: acércate a la ventana, enciende todas las luces de la habitación (y las lámparas de pie, que iluminan de lado) o acepta que la foto va a tener algo de grano. Una foto con grano se mira; una foto con flash directo, no.

6. Dispara antes y después, nunca solo durante

El instante que creemos que hay que fotografiar —soplar las velas, abrir el regalo, meter el pie en el agua— casi nunca es el mejor. El bueno está un segundo antes, en la expectativa, o un segundo después, en la reacción.

Acostúmbrate a mantener la cámara levantada dos segundos más de lo que te pide el cuerpo. Es donde viven los abrazos involuntarios, las caras de decepción y las miradas de complicidad entre hermanos.

7. Llena el encuadre con una sola cosa

El error más común en las fotos familiares es que dentro caben demasiadas cosas: el niño, el tobogán, tres carritos, un contenedor y media calle. Elige una y acércate hasta que ocupe el encuadre.

Y cuando te acerques, hazlo con los pies, no con el zoom digital: el zoom del móvil recorta píxeles y destruye el detalle. Dos pasos al frente valen más que cualquier ajuste.

8. Fotografía las manos, los pies y la nuca

No todo retrato necesita una cara. Las manos de un recién nacido agarrando un dedo, la planta de los pies, la curva de la nuca, el remolino del pelo, el diente que falta: son los detalles que cambian cada pocos meses y que luego nadie recuerda con precisión.

Haz cinco o seis de estos planos en cada sesión casera. Dentro de diez años serán los que más te sorprendan, porque no tendrás ningún otro registro de cómo eran.

9. Fotografía la rutina, no el acontecimiento

Tenemos doscientas fotos de cada cumpleaños y ninguna del desayuno. Pero lo que define una infancia no es la tarta: es el vaso de siempre, la manta que no se puede lavar, el camino al colegio, el sofá con las piernas colgando, el momento de los dientes.

Elige una escena cotidiana a la semana y hazle diez fotos con intención. Ese archivo, al cabo de un año, vale más que cualquier reportaje de estudio.

10. Ráfaga sin culpa, criba sin piedad

Los niños se mueven a una velocidad que no permite pensar. Usa la ráfaga —en el móvil, mantén pulsado el botón— y no te sientas mal por hacer treinta fotos de diez segundos de vida.

La disciplina viene después: de esas treinta, quédate con una. El archivo de un niño no se arruina por hacer muchas fotos, se arruina por guardarlas todas. Un carrete de veinte imágenes elegidas se mira entero; uno de tres mil no se mira nunca.

11. Entra tú en la foto

Mira tu galería del último año y cuenta en cuántas imágenes apareces. Si eres quien siempre lleva la cámara, la respuesta suele ser «en ninguna», y eso es un agujero en la memoria familiar de tus hijos: crecerán con miles de fotos de su infancia en las que falta la persona que más horas pasó con ellos.

Usa el temporizador, apoya el móvil en una estantería, pide a tu pareja que dispare o deja que lo haga el mayor de los niños. Que las fotos estén desenfocadas da exactamente igual.

12. Imprime. Aunque sea poco

Un archivo digital que nadie abre no es una foto: es un dato esperando a que falle un disco duro. Las fotos que los niños miran de verdad son las que pueden coger con las manos, dejar en la mesilla y llenar de huellas.

No hace falta un álbum enorme. Diez copias al año, pegadas en la nevera o metidas en un sobre con la fecha escrita a lápiz, ya cambian la relación de un niño con su propia historia. Que se reconozca en un papel, y no solo en una pantalla, forma parte del regalo.

Y un último apunte, el que más cuesta

Baja la cámara de vez en cuando. Hay tardes que hay que vivir enteras sin documentar nada, porque la persona que mira a través de un visor no está del todo en la habitación.

Cuando trabajo para una familia, el reparto está claro: yo me ocupo de la cámara y ellos de estar. Cuando la cámara es la tuya, te toca hacer las dos cosas, así que decide de antemano qué media hora vas a fotografiar y en qué momento guardas el móvil en un cajón. Las mejores infancias tienen menos fotos de las que creemos y más testigos presentes.